Si algo estuvo valorado este verano en toda España fue una buena terraza. Podrían haber cotizado hasta en el IBEX 35. En el caso de Sigüenza, dada la gélida climatología de esta ciudad medieval guadalajareña, no es que abunden. Existe alguna en su parque de La Alameda para tomar una copa o un refresco, pero no tantas para comer o cenar. Por eso, la principal pega que en mi pandilla le podríamos poner a la Finca del Obispo es que la descubrimos a principios de septiembre y no en los primeros días de julio. Pero ya hemos tomado nota para la próxima temporada estival.

La Finca del Obispo es un recinto para eventos y bodas situado a solo 3 kilómetros de Sigüenza, en la carretera que lleva a Alcuneza, y es propiedad de los mismos dueños del restaurante El Doncel, uno de los dos espacios que cuenta con estrella Michelín en esta localidad. Imagino que, dado el mazazo que la COVID-19 está dando a los negocios de hostelería, sus responsables se han visto obligados a revisar su línea de negocio y ofrecer también servicio como restaurante convencional.

Se trata de un amplio espacio con mesas al aire libre (no sé si las tiene también en el interior), muy separadas entre sí, y en un entorno muy agradable con césped, un pequeño lago decorativo y hasta con una cabaña de madera para que jueguen los más pequeños (sí, parece que los niños son bienvenidos). Además, las vistas de los alrededores son francamente bonitas.
Pero vayamos al grano: aquí lo que queremos saber es si se come bien, y la respuesta es SÍ. Pedimos varias cosas porque tras leer los sugerentes títulos de los platos la verdad es que nos apetecía probar de todo. Estos fueron los entrantes:
“Torreznos jugosos y crujientes por los cuatro lados”: Muy curioso probar un torrezno rodeado de sus propias burbujitas por todas sus caras, imagino que fruto de una fritura a alta temperatura o algo así. Pero para mi gusto no deja de ser una curiosidad; donde esté un torrezno tradicional que se quite todo.

“Foie caramelizado con algodón dulce”: Bueno, en realidad no me acuerdo del título oficial pero era algo así. Y estaba “yummy, yummy”, muy divertida la combinación del foie con el algodón de las verbenas.
“Zamburiñas al ajillo”: Nada que objetar. Ni más ni menos lo que te esperas cuando las pides. Eso sí, se hace raro probar este típico molusco gallego en plenas tierras castellano-manchegas, que no han visto el mar desde hace millones de años. En fin, prodigios de la globalización.

“Block de oreja al ajillo con salsa Hoisin”: Aquí tengo que hacer un inciso. Podría decir sin apuros que este plato se encuentra ya entre las cinco mejores cosas que he probado en mi vida (y a zampar pocos me ganan). Sin duda no habrá vez que vuelva a este lugar en la que no pida esta delicia sorprendente. Es totalmente recomendable, y si no lo probáis, lo lamentaréis durante toda vuestra existencia.
Los platos principales resultaron mucho más convencionales, pero no por ello menos ricos:

“Trancha de rodaballo a la brasa al aceite de ajos”: La verdad es que a la brasa todo sabe bien, pero si encima la materia prima es buena… Pero todo esto os lo digo de oídas, porque al comensal le estuvo tan bueno su pescado que ni siquiera nos dio a probar al resto.

“Chuletón de buey con 25 días de maduración”: Dos valientes compañeros se metieron entre pecho y espalda casi un kilo de deliciosa carne de vacuno. Bueno, algo les quitamos entre el resto, pero que no se excusen en eso, que se fueron serviditos. Nada que unos buenos paseos por la zona no remedien.

“1/4 cordero lechal asado”: No dudo que no estuviera elaborado de la manera más ortodoxa posible, seguramente solo con agua, para potenciar el sabor de la propia carne, pero no es el mejor que he probado en la comarca. Para mi gusto, aunque estaba muy bien asado, precisamente pecaba de poco sabroso.
Y a pesar de que las raciones eran contundentes, hubo hueco para los postres:

“Helados artesanos”: Muy ricos, de sabores muy variados. Me parece que el que más éxito tuvo fue el de mandarina.
“Bizcocho borracho con helado de caramelo”: Cómo siento que no haya foto de este postre, pero es que el ansia viva a veces me puede. Un postre delicioso, típico de la provincia, con el que sin duda acerté. Tengo claro que será otra de mis elecciones fijas cuando vuelva a esta finca.
En conclusión, y sin entrar en detalles en el terreno del café, copa y puro (que también los hubo), se trata de un lugar encantador, en el que pasar un rato estupendo junto a la familia o los amigos, como fue nuestro caso. De hecho, así también lo pensó una reciente ex ministra que se encontraba en el lugar ese mismo día. Y mención aparte merecen sus camareros, que con una sonrisa permanente en la boca se desvivieron por que pasáramos una jornada estupenda, como así fue.